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¿Confesamos o conversamos?



Leyendo a Foucault .encontré algo bastante curioso y muy relacionado con la sexualidad y la erótica en su expresión menos normativa, tales como las prácticas de tipo BDSM (Bondage, sumisión, dominación y sadomasoquismo). Foucault hablaba de la confesión, como sabemos, aunque quizás cada vez menos, estamos inmersos en una cultura judeocristiana, independientemente de nuestras creencias es algo de lo que no podemos escapar, por lo tanto, está inmerso en nuestra cultura el acto de confesión

Nos vemos en la obligación constante de confesar nuestros secretos y si no lo hacemos surge en la mayoría de nosotros un sentimiento de malestar, una necesidad imperante. Os pongo un ejemplo que, seguro que a todos nos ha pasado, tenemos a nuestro mejor amigo o amiga, nos pasa algo, algo que no queremos contarle, pero como que necesitamos contárselo porque si se entera de ello y que no se lo hemos contado se va a sentir defraudado porque no hemos tenido la “confianza de contárselo”.

No pienso que sea una cuestión de confianza/no confianza, sino una cuestión que radica en que en ocasiones no estamos preparados para contar determinadas cosas o simplemente queremos tener nuestra propia privacidad, nuestro espacio y que sería genial que los demás lo respetasen.

Volviendo al principio, en muchas lecturas relacionadas con el BDSM y con el kink se habla de cómo los practicantes de BDSM no cuentan o viven en secreto sus prácticas no normativas, ¿realmente quieren contarlo?, en mi opinión algunos querrán y otros no, porque, algunas personas disfrutamos del morbo que proporciona lo secreto, de la doble vida, de ocultar una parte de nuestras vidas y así no tener que dar explicaciones y vivir tales experiencias con la valiosa libertad que nos da el anonimato.

Por lo tanto, profesionales y no profesionales, promovamos una libertad sexual que no invada los derechos de los demás, pero tampoco los nuestros, dejemos de hacer confesar a los demás y dejemos de someternos a la confesión no deseada.

Para los profesionales, haciendo confesar a nuestros consultantes de forma intrusiva sólo vamos a conseguir o, por un lado, que nos mientan, o por otro, que acaben teniendo “miedo” a conversar con nosotros. En caso de que nos lo quieran contar, pero no estén preparados para contarnos algo podemos darle las herramientas pertinentes “escribelo en un papel”, “dime un par de sentimientos que te evoque eso que no me puedes contar ahora y hablemos sobre ellos”. Nuestra relación con el consultante no puede radicar en un número de confesiones, sino en un vínculo positivo e incondicional que haga mejorar al consultante a un ritmo compartido.

Para los no profesionales, no nos enfademos si nuestros amigos no nos quieren contar una parte de su sexualidad o de su vida en general, esto no quiere decir que nosotros no hayamos sido buenos o malos amigos.

Dejemos de promover confesiones forzadas.

Bibliografía:

Foucault, M., Varela, J., & Álvarez-Uría, F. (2005). La voluntad de saber. Siglo XXI veintiuno de España.

Comentarios

  1. Una relación de verdadera confianza y de respeto -válido tanto para relaciones profesionales como de amistad- supone el respeto por la necesidad de privacidad.
    En estas relaciones creo que el otro puede simplemente manifestar el deseo de conocer lo ocultado, no solo por legítima curiosidad, sino por ayudar u orientar. "Respeto tu privacidad, y me ofrezco a ayudarte si lo necesitas" debería ser suficiente en relaciones sanas y horizontales.
    ¿El que el otro se sienta "defraudado" quizá signifique que la relación no sea todo lo sana que pudiera ser?
    En una relación profesional horizontal (válido para cualquier relación en la que haya asimetría de información) para evitar situaciones de paternalismo se ha de ofrecer las mejores opciones posibles al paciente/cliente y que este tome la decisión que crea oportuna, dejando claro que la ausencia de información puede provocar un consejo inadecuado. En casos más extremos de ausencia de información, el profesional -por lealtad- puede negarse a orientar al paciente/cliente. Adicionalmente, el secreto profesional y la ausencia de juicio de lo manifestado debería ayudar a que la exposición de información sea lo más completa posible.
    Por otra parte, en relaciones de amistad en ocasiones el que se haga explícito el tener "un secreto" puede significar una petición de auxilio que ha de explorarse por el otro, con respeto a los límites que se manifiesten.
    Alternativamente -por propia experiencia- a veces la necesidad de confesar -a la que se alude en el post- genera una conexión con extraños a los que se les cuenta las experiencias y deseos más íntimos.
    ¿Esta necesidad de confesión es innata, o es más bien consecuencia de la cultura judeo-cristiana?

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